sábado, diciembre 23, 2006

Splash

Espectacular.
Acabo de ser rescatada de la Feria de Villa Biarritz por mis padres que andaban en auto y no les costaba nada.
Hoy me ensopé hasta el culo como hacía años que no lo hacía.

Cuando salí de trabajar pintaba que no iba a estar lindo, pero fui igual porque si no Papá Noel iba a regalar tipo Friends: un pinito para refrescar el auto, un paquete de Beldent y una lata de cerveza Patricia de la estación de nafta de la esquina de mi casa.

Llegué a la feria y goteaba un poquitito, pero nada grave, estaba hasta las manos de gente.
Y bueno, de repente se escucha "¡Cabruuum!" y ta. Empezó a llover un poco más en serio. Los puestos empezaron a desarmarse. Me apresuré y le compré una musculosa de batik a mi hermana la menor de todas. Terminé de pagar y decir felices fiestas cuando se empezó a largar una cortina de agua de la puta madre.
Todos abajo de los toldos de nylon y tela sombra que dicho sea de paso, no servían para nada.

Villa Biarritz y Punta Carretas se caracterizan por ser unos barrios pipi-cucú, pero siempre noté que la mugre que se junta no tiene nombre. O sea que las bocas tormenta no daban abasto y empezaron a inundarse las calles y a hacerse unos ríos caudalosos. Fantabuloso. Se veían pasar cajas, bolsas de nylon y hasta una havaiana huerfanita con ansias de recorrer mundo fuera de la pata de su dueño.

La gente que estaba en la feria seguía en la feria, toda apelotonada. En eso, para más diversión, empezó a granizar. Unas piedritas más grandes que arvejas. Las tuve en mis manos, bien redonditas, montones que sacaba de los toldos.

Y bueno. Paró de llover un poco y en vista de que no me quedaba más nada para hacer allí, intenté ir hasta la parada del ómnibus, sin ahogarme, porque los ríos seguían. Mis pobres sandalias, a la miseria... Pasó un tipo corriendo persiguiendo la havaiana (otra).

A una cuadra y media de la parada del ómnibus, se larga de nuevo, con más viento todavía. A meterse abajo de un balcón, con una banda de giles más. Una pareja y yo, aparte, pudimos protegernos atrás de una columna. Vimos como se partía terrible rama de un árbol y el viento la hacía cruzar la calle.

Suficiente. Llamé por teléfono a mi padre que sabía que seguramente andaría en el auto y me contestó, él también debajo de un balcón, con mi madre, ensopados hasta el alma, en otra feria.
Después de un rato, pasaron a buscarme. Una vez adentro del auto, me acordé que de última, la feria de los domingos del Parque Rodó seguramente estaría, ya que es de mañana. Y que hace unos años, le regalé a mi hermana la pequeña una misma musculosa de batik del mismo stand, salvo que de otro color.
A mis padres, no sé. A Papá Noel le entró agua en el carburador del trineo y no pudo hacer nada.

Pero bueno. Aquí estoy, secándome y viendo por la ventana cómo sale el sol de nuevo, como si nada. Los rulos armaditos de ayer, a la mierda.

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