jueves, febrero 15, 2007

con retroceso


Ayer el día de San Valentín no existió para mí. Aparte de que mucha pelota nunca le di, para mí el día de ayer significó ni más ni menos que el día siguiente al martes 13.

Sí. Yo no le tengo respeto a los martes 13 sino a los miércoles 14. Es como un martes 13 atrasado.


Y no me acordaba de que era miércoles 14 hasta que por pelotuda (no vamo'a detallar), tuve que llegar diez minutos tarde al trabajo; todos los clientes rompebolas se confabularon y cayeron todos juntos, sobre todo en la hora en que todavía no había llegado mi compañera y estaba sola (cuando llegué ya tenía a dos haciendo cola). Estuvieron particularmente creativos ese día, por suerte. Y bueno. Stress, stress, clientes que llegaban de a camiones. Perdí plata (¡pero la encontré!). En el almuerzo me compré sin querer un yogurth sin azúcar (Sí, a Patrizio le tiré el chico al fondo: yo ALMUERZO yogurth. Lo que pasa es que no quiero sacarle la fama de yogurtero), cosa que arreglé con un paquete de azúcar que tuve que comprar (todo eso en la media hora que tengo para comer) y que me quedó de clavo ahí en el fondo de mi casillero, por si se repite.
Terminé haciendo dos horas extras (aunque eso es bueno). A todo eso, desde las 6 de la tarde me esperaba mi novio clavelina de mayo rosa de Andalucía en mi casa. Me llamó mientras atendía a mi cliente favorito (sigh!), así que quedé delante de éste como una mala novia que planta al novio y encima le habla medio de pesada —¡así nunca me va a pedir matrimonio (me refiero a mi cliente favorito)!—.

Y ta. La cosa se tranquilizó cuando llegué a casa. Mi novio estaba tranquilo porque había tenido que madrugar y estaba re-dormido. Así que bueno. Por ahí aflojé un poco.

Supe que mi miércoles 14 finalizaba con broche de oro, en el momento en que pisé vómito de gato descalza, en el descanso de la escalera.


Eso es todo amigos.

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